BENBENUTO

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lunes, 8 de diciembre de 2014

Reseña triple: «Trilogía Delirium», de Lauren Oliver



Cuando algo se pone de moda y me lo recomiendan, siempre me lo tomo con muchas reservas.

A veces una escucha –o lee, en el caso de las reseñas de libros— infinidad de opiniones sobre determinada obra, algunas tan extraordinarias que, llega un punto en donde comienzas a dudar si verdaderamente será todo tan impresionante, o será simplemente parte de una oleada del ruido que causa algo novedoso.

El caso es que mientras los días pasaban, y mientras muchos otros libros caían en mis manos y otros autores eran reseñados en este su humilde blog, la gente no dejaba de recomendarme esta trilogía: «Delirium». «Tienes que leer Delirium», me decían. En especial, cuando mis betas comenzaron a enfrascarse en la distopía futurista en la que ando trabajando, con mayor ahínco me dijeron: «lee Delirium». Y aun así me negué, seguí escribiendo, seguí leyendo y a trompicones seguí reseñando, pero nada de leer Delirium. Finalmente, mitad picada por la curiosidad, y mitad inquieta por la insistencia de mis betas (a una le entra el temorcillo de estar escribiendo algo demasiado similar a una obra ya publicada), empecé a leer la tan afamada trilogía. «Vamos a ver, Delirium, vamos a ver por qué la gente habla tanto de ti». Me habían advertido ya que la cosa era romántica, y que había una posibilidad de que no me gustara, ya que, como no me había gustado «Bajo la misma estrella» (que no sé qué tiene que ver una cosa con la otra, francamente), quizá esta trilogía podía no ser de mis predilectas; con todo y eso, empecé el libro.

Delirium: creo que el concepto del amor como enfermedad no pudo ser mejor introducido, en especial, en la época en la que vivimos. Ya, que este libro no ha salido justamente este 2014, pero cierto es que tanto el concepto de amor como de relaciones de pareja han ido cambiando en los últimos años, y cuando en la actualidad hablas de estar enamorada, la gente te mira con pena, o como si fueras idiota, ni hablar de si decides casarte (hayas o no vivido previamente con la persona, o sea quien sea el elegido/a) porque entonces creen que mereces ser quemado en la hoguera, y, por descontado, eres imbécil y estás tirando tu vida al garete. Por ende, el amor y muchos otros de sus compadres valores están siendo desplazados, y me ha parecido sumamente interesante cómo la autora se vale de esta idea acerca del amor como enfermedad, una idea que a posteriori va a evolucionar y a desembocar en una cuestión mucho más fuerte.

Sobre los personajes, la verdad es que en este primer tomo no me puedo quejar, cierto es que Lena me crispaba los nervios a veces, pero vamos, no más de lo estrictamente necesario, como buena protagonista que inicia —y como buena distopía que es la trilogía— la mente de la chica va progresando bastante de acuerdo con la serie de acontecimientos que le van tocando vivir, lo mismo que sus reacciones. No obstante, si algo puedo resaltar sobre los personajes, (y sobre el primer volumen en general) es lo mucho que me hicieron sentir: me enamoré de nuevo con Lena y Alex. Volví a creer en el amor, en esa persona especial para una, que vaga por la faz de la tierra, esperando a que algo ocurra para poder conocerte, para poder voltear y darse cuenta de que estás allí, y tú, a su vez, percatarte de su presencia. Volví a creer en ese amor que se lleva tatuado en cada maldito poro de la piel, que te hace sonreír como tonta y sin que te des cuenta, ese tipo de amor que te asalta sin pedir permiso y tan pocas veces en la vida que podrías contarlas con los dedos de una mano. Con Delirium me descubrí riendo, me descubrí llorando, y me descubrí recordando, también, pero sobre todo, me descubrí recuperando la fe en el amor y en que algún día, encontraré la persona que quiero para mí.

Por eso, cuando pasé a «Pandemonium» me llevé el chasco de mi vida. Estuve a dos segundos de matar a la autora, y de quemar el libro, también. Incluso recuerdo que me negué a terminar la trilogía, porque estaba desilusionada y hasta decepcionada del rumbo que había tomado la historia, y de cómo, a mi humilde y muy particular (y aquí recalco: muy particular) punto de vista, la autora había manejado el personaje de Lena. «Una historia más como tantas», fueron mis exactos pensamientos. Estaba tan frustrada que cuando le planteé a mi hermana menor abandonar los libros ella me insistió que no lo hiciera y que continuara, que no me iba a arrepentir. Finalmente y a regañadientes (y luego de dejar pasar casi un mes) me enfrasqué en la conclusión de esta obra:

Requiem: nunca he sido fan de subrayar citas de los libros, pero como pocas veces, en Requiem tuve la poderosa tentación de hacerlo, de subrayar para luego plasmar aquí, porque Dios, habían frases que me hacían estremecer, reflexiones que me dejaban sin aliento, o tan meditabunda que tenía que parar por un instante. En lo personal la historia de la «otra protagonista» (quienes ya se leyeron el tercer libro me entenderán) me mantuvo poco enganchada, estaba mucho más pendiente de Lena y de cómo iba a terminar todo, de que por amor a las grandes distopías y al propio amor, Lauren Oliver no me defraudara. Y aunque tal vez esta parte de la guerra quedó un tilín en el aire (quería ver más sangre, lo siento, Stephen King tiene la culpa xD), todo lo relacionado al drama, a la tragedia (¡qué matazón de personajes por el camino!) y, en especial, al romance, quedó resuelto, no, cerrado espectacularmente para mí. Los últimos párrafos de la novela han sido sublimes, y he llorado hasta haber pasado a la breve semblanza de la autora. Incluso después de eso, seguí llorando, y riéndome, también.

En resumen, recorrer las páginas de Delirium y vivir la travesía junto con sus personajes ha sido toda una experiencia, un cúmulo de emociones y un recobrar la esperanza, caer al abismo de la decepción y recobrar la sonrisa junto con la reflexión acerca de lo complejo que es el ser humano, porque creo que si de algo hablan estos libros, es de eso, de lo complejos que somos y de lo complicadas que son las relaciones interpersonales, pero que pese a todo, vale la pena intentarlo, vale la pena salir al quite y arriesgar, ofrecer el corazón sin saber si el otro va a corresponderte, o si lo hace, cuánto pueda durar. El amor vale la pena, valen también las raspaduras (tampoco caigamos en lo masoquistas, ¡eh!), vale la pena equivocarnos, porque de los errores podemos aprender para ser mejores, sobre todo eso, siempre intentando que al equivocarnos, aprendamos la lección para bien.

Aunque al final, hemos de recordar, que todos y cada uno de nosotros somos libres, tanto para decidir hacer lo correcto como para decidir hacer lo que no.

 

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